Una vivienda ordenada se vende antes y por más dinero. No hace falta reformar: hace falta que quien entra pueda imaginarse viviendo allí.

Lo primero es quitar cosas. Fotos familiares, imanes de la nevera, ropa a la vista y muebles que sobran. Cuanto más despejado, más grande parece.

Después, luz. Sube todas las persianas, cambia las bombillas fundidas y limpia los cristales. Y arregla los detalles pequeños que cantan: un grifo que gotea, una puerta que roza, un enchufe suelto.

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